miércoles, 8 de julio de 2009

MENOS CUENTOS Y MÁS TEORÍA


Andrés Sánchez

La izquierda está en crisis. Lo ha hecho oficial el retroceso electoral de socialistas e izquierdistas en las últimas elecciones al Parlamento Europeo y el escaso número de gobiernos de izquierda entre los 27 (y previsiblemente serán menos). Que, dentro del campo progresista, Los Verdes crezcan, con éxitos especialmente remarcables en Francia y Alemania les parece a aquellos más una anécdota que un factor relevante, y no cambia el cuadro general de crisis de la izquierda.

Pero, como tantas cosas en nuestras vidas, las crisis tampoco son lo que eran. Apenas se ha anunciado y ya tenemos, irreflexiva e inmediatamente, diagnóstico y terapia: el problema es haber aceptado el discurso y los marcos conceptuales de la derecha, por lo que la solución es elaborar un relato nuevo. Que simplifique el complejo mensaje de la izquierda y lo conecte con los valores, las ideas, las emociones o los intereses de la sociedad: un relato para ganar los corazones y las mentes de la gente.

Teniendo en cuenta los antecedentes de fashion victim de la izquierda europea, los vendedores del relato están condenados al éxito: es el concepto de moda, recién importado de EEUU (storytelling), se considera la causa del último éxito de la izquierda global (Obama y su “Yes, we can”), y además, se deja de reflexiones, análisis o teorías y nos pone manos a la obra. ¿Qué más se puede pedir?

¿Qué tal un poco de rigor? ¿Por qué quiere la socialdemocracia hablar con metáforas cuando no puede explicar lo que sucede? ¿Le ofrecen a un mundo en crisis parábolas con moraleja, en lugar de política? ¿Qué tipo de alternativa son cuando los socialdemócratas gobernantes, en España o Gran Bretaña, o co-gobernantes, en Alemania, han sido tan sorprendidos como la pérfida derecha? Y no sorprendidos en cuándo ha estallado la crisis, sino en qué crisis ha estallado: ¿incluían sus análisis la posibilidad de una nueva Gran Depresión?

No hay respuestas a estas preguntas, sino retorno a los orígenes: tras denunciar el flirteo “social-liberal” de la efímera Tercera Vía, reivindican la economía política de la socialdemocracia triunfante (la hegemónica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis de los 70 y la revolución neoconservadora de Thatcher y Reagan)... adaptando el discurso a los nuevos tiempos. Es decir: políticas antiguas, de un mundo que se fue (el sistema de Estados-nación con economía industrial) que se conecta al de hoy con un nuevo relato: el que denuncia la “codicia” del capitalismo, quiere re-regular la economía global y liberar a la economía “real” de la Matrix financiera.

Puede que la receta de “hacer lo de antes y explicarlo de otra manera” no funcione pero, ¿quién puede resistirse a una salida tan cómoda? Esta falta de dramatismo es reconfortante en estos tiempos de optimismo irredento, en los que habrá que buscar un nuevo término para referirnos a las crisis, banalizadas hasta convertirse en “oportunidades” (un buen ejemplo del poder del relato en acción: todo tiene que terminar con el “... y comieron perdices” de cuento). El atractivo de la política del relato es que no es necesario cambiar los fundamentos socialdemócratas, basta con contextualizarlos adecuadamente. Es decir, en un ejercicio de cinismo constructivista, ¿para qué querer cambiar la realidad cuando quizás baste con cambiar la percepción para ganar elecciones?

La cuestión es que no se trata de seguir ganando elecciones mientras el mundo se derrumba, sino de si podremos contar con la política que necesitamos. Y contra los que dicen los vendedores de relatos, el problema no está en que las políticas de la izquierda sean demasiado complejas, sino justo en lo contrario: no lo son lo suficiente.

Veamos, por ejemplo, la globalización. Éste ha sido uno de los caballos de batalla de la izquierda en los últimos años, y la culpable para los socialdemócratas de que sus políticas clásicas dejaran de funcionar. No les falta razón, pero, ¿qué han hecho al respecto?

Hace treinta años, cuando se comenzaron a poner las bases del actual modelo de globalización económica, los socialdemócratas decidieron... hibernar: un letargo teórico acompañado de un cambio (a la baja) en el programa y el relato. Frente al discurso del “gran gobierno” de los años dorados, que hacía nuestras sociedades más igualitarias al tiempo que aumentaban los derechos sociales y se aceleraba el crecimiento económico, se pasó a algo mucho más modesto, empujados por los hechos. Por un lado, abandonaron la “economía política” para defender la separación de poderes entre “economía” y “política”, repartiendo los gananciales (la sanidad y la educación para mí, la fabricación de coches y la distribución de pan para ti). Por el otro, renunciaron a la idea de la sociedad igualitaria para ocuparse de los “excluidos” del sistema: política asistencial que no cuestionaba el modelo económico al tiempo que creaba un público cautivo temoroso de la pertinaz derecha que podría acabar con todo de un plumazo en el boletín oficial.

Ahora, con esta crisis “de derechas” meten las viejas ideas en el microondas y las tratan de hacer encajar en la nueva realidad, proponiendo controlar la globalización creando a nivel planetario los mismos controles que hay en los Estados. Los mismos que en Inglaterra, Holanda o Alemania no han impedido la quiebra de entidades de crédito “nacionales”, o las han salvado por ahora con “¿alguien-sabe-cuántos?” miles de millones de euros de dinero público. Tan sagaces como las autoridades económicas españolas, a las que les ha estallado en las narices un sector tan “global” como el inmobiliario. Si el Superministro Planetario de Economía sabe lo mismo que Gordon Brown, Pedro Solbes o MAFO lo tenemos claro. Reivindicando a Clinton, no es la regulación: ¡es la economía, estúpidos!

El problema es la complejidad: no por exceso, sino por defecto. Pero si algo caracteriza a la socialdemocracia es el pragmatismo. Cuando tocaba retirarse, se blindaron en algunos sectores frente al Mercado, y reclutaron a las víctimas del neoliberalismo, en su calidad de tales (¡ahora se extrañan de que el populismo de extrema derecha, proteccionista, antiglobalizador, xenófobo y victimista les “quite” votos!).

Y si lo que toca es proponer alternativas, pues se sacan las viejas ideas y se adornan con el nuevo relato: la codicia mina los mercados (¿cómo las distinguen del “legítimo derecho a enriquecerse”?); acabar con la economía financiera (¿y de paso restauramos el patrón-oro como reclaman los Chicago Boys?); apoyar la economía “real” (¿tan real como querer producir, consumir y contaminar indefinidamente en un planeta limitado?), y gobernar la economía global (¿tan eficazmente como lo han hecho en las economías estatales?).

Si eso es todo lo que cabe esperar de la socialdemocracia (y de los izquierdistas su tradicional “¡y dos huevos duros!”), más vale intentar otra cosa. Ahí tenemos a los ecologistas. Que podrían estar en condiciones de definir de nuevo el progreso, como el nuevo consenso necesario para no consumirnos entre las crisis económico-ecológicas y la descomposición de la trama social. Y deberían atreverse a definir el proyecto de gobierno con vocación de constituirse en mayoría, la nueva izquierda. Pero eso queda para otra ocasión.

En conclusión: los socialdemócratas harían bien en dejarse de historias, cuentos y relatos, para volver a pensar, para afrontar con honestidad la crisis global. Y con modestia, porque es posible que hayan pasado ya sus 15 minutos (o siglo y pico) de fama. Pero en cualquier caso, con menos cuentos y más teoría. Porque necesitamos políticas que funcionen, no moralejas (ni encíclicas).