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viernes, 10 de julio de 2009

DE LA REVOLUCIÓN A LA METAMORFOSIS


Edgar Morin


El éxito Verde en las elecciones europeas, en Francia, no debe ser ni sobreestimado ni subestimado. No debe ser sobreestimado porque proviene en parte de la carencia del Partido Socialista, de la escasa credibilidad del MoDem y de las pequeñas formaciones de izquierda. No debe ser subestimado porque manifiesta también el progreso político de la conciencia ecológica en nuestro país.

Pero lo que sigue siendo insuficiente es la conciencia de la relación entre política y ecología. Desde luego, con mucha razón, Daniel Cohn-Bendit habla en nombre de una ecología política. Pero no basta con introducir la política en la ecología; es necesario también introducir la ecología en la política. En efecto, los problemas de la justicia, del Estado, de la igualdad, de las relaciones sociales, escapan a la ecología. Una política que no englobara la ecología estaría mutilada, pero una política que se redujera a la ecología estaría igualmente mutilada.

La ecología tiene el mérito de inducirnos a modificar nuestro pensamiento y nuestra acción sobre la naturaleza. Sin duda, esta modificación está lejos de realizarse. La visión de un universo de objetos que el hombre está destinado a manipular y a dominar no ha sido verdaderamente sustituida todavía por la visión de una naturaleza viva en la que es preciso respetar las regulaciones y las diversidades.

La visión de un hombre «sobrenatural» no ha sido sustituida todavía por la visión de nuestra interdependencia compleja con el mundo vivo, cuya muerte significaría nuestra muerte. La ecología política tiene además el mérito de conducirnos a modificar nuestro pensamiento y nuestra acción sobre la sociedad y sobre nosotros mismos.

En efecto, toda política ecológica tiene dos caras, una de ellas vuelta hacia la naturaleza, la otra hacia la sociedad. Así, la política que pretende reemplazar las energías fósiles contaminantes por energías limpias es, al mismo tiempo, una política de salud, de higiene, de calidad de vida. La política de las economías energéticas es a la vez un aspecto de una política que evite las dilapidaciones y luche contra las intoxicaciones consumistas de las clases medias.

La política que hace retroceder a la agricultura y la ganadería industrializadas descontaminando así las capas freáticas, desintoxicando la alimentación animal, viciada de hormonas y de antibióticos, la alimentación vegetal impregnada de pesticidas y herbicidas, sería al mismo tiempo una política de higiene y de salud públicas, de calidad de los alimentos y de calidad de vida. La política que dirige sus esfuerzos a descontaminar las ciudades, rodeándolas con un cinturón de aparcamientos, desarrollando los transportes públicos eléctricos, haciendo peatonales los centros históricos, contribuiría fuertemente a una rehumanización de las ciudades, que comportaría además la reintroducción del carácter mixto social suprimiendo los guetos sociales, comprendidos los guetos de lujo para privilegiados.

Sobriedad, calidad y poesía
De hecho, hay ya en el segundo aspecto de la ecología política una parte económica y social (las grandes obras necesarias para el desarrollo de una economía verde, comprendida la construcción de aparcamientos alrededor de las ciudades). Hay también algo más profundo, que no se halla todavía en ningún programa político: es la necesidad positiva de cambiar nuestras vidas, no solamente en el sentido de la sobriedad, sino sobre todo en el sentido de la calidad y de la poesía de la vida.

Pero esta segunda cara no está todavía suficientemente desarrollada en la ecología política.

En primer lugar, ésta no ha asimilado el segundo mensaje, de hecho complementario, formulado en la misma época que el mensaje ecológico, al principio de los años setenta, el de Ivan Illich. Éste había formulado una crítica original de nuestra civilización, mostrando cómo un malestar físico acompañaba los progresos del bienestar material, cómo la hiperespecialización en la educación o la medicina producía de nuevo obcecaciones, cuán necesario era regenerar las relaciones humanas en lo que llamaba convivencialidad. Cuando el mensaje ecológico penetraba lentamente en la conciencia política, el mensaje illichtiano se quedaba confinado.

Las degradaciones del mundo exterior eran cada vez más visibles, mientras que las degradaciones físicas parecían ser propias de la vida privada y se convertían en invisibles a la conciencia política. El malestar físico realzaba y realza todavía los medicamentos, somníferos, antidepresivos, psicoterapias, psicoanálisis, gurús, pero no es percibido como un efecto de civilización.

El cálculo aplicado a todos los aspectos de la vida humana oculta lo que no puede ser calculado; es decir, el sufrimiento, la felicidad, la alegría, el amor; en resumen, lo que es importante en nuestras vidas y que parece extrasocial, puramente personal. Todas las soluciones examinadas son cuantitativas: crecimiento económico, crecimiento del PIB. ¿Cuándo la política tomará en consideración la inmensa necesidad de amor de la especie humana perdida en el cosmos?

Una política que integrara la ecología en el conjunto del problema humano afrontaría los problemas que plantean los efectos negativos, cada vez más importantes en relación con los efectos positivos, los desarrollos de nuestra civilización, entre ellos la degradación de las solidaridades, lo que nos haría comprender que la instauración de nuevas solidaridades es un aspecto capital de una política de civilización.

Ecología y regeneración política
La ecología política no podría aislarse. Puede y debe arraigarse en los principios de las políticas emancipadoras que han animado a las ideologías republicana, socialista, luego comunista, y que han irrigado la conciencia cívica del pueblo de izquierda en Francia. Así, la ecología política podría entrar en una gran política regenerada, y contribuir a regenerarla.

Una gran política regenerada se impone más aún cuando el Partido Socialista es incapaz de salir de su gran crisis. Se encierra en una alternativa estéril entre dos remedios antagonistas. El primero es la «modernización» (es decir, la adhesión a las soluciones tecnoliberales), cuando la modernidad está en crisis en el mundo. El otro remedio, la izquierdización, es incapaz de formular un modelo de sociedad. El izquierdismo sufre actualmente un revolucionarismo privado de revolución. Denuncia precisamente la economía neoliberal y los desenfrenos del capitalismo, pero es incapaz de enunciar una alternativa. El término «partido anticapitalista» revela esta carencia.

Si la ecología política manifiesta su verdad y sus insuficiencias, los partidos de izquierda manifiestan, cada uno a su manera, sus verdades, sus errores y sus carencias. Todos deberían descomponerse para recomponerse en una fuerza política regenerada que pudiera abrir algunas vías. La vía económica sería la de una economía plural. La vía social sería la del retroceso de las desigualdades, de la desburocratización de las organizaciones públicas y privadas, de la instauración de las solidaridades. La vía pedagógica sería la de una reforma cognitiva, que permitiría conectar los conocimientos, más que nunca divididos y desunidos, a fin de tratar los problemas fundamentales y globales de nuestro tiempo.

La vía existencial sería la de una reforma de la vida, en la que llegaría a la conciencia lo que es experimentado oscuramente por cada cual, que el amor y la comprensión son los bienes más preciosos para un ser humano y que lo importante es vivir poéticamente; es decir, en la plena realización personal, la comunión y el fervor.

Hacia el comienzo de un comienzo
Y si es cierto que el curso de nuestra civilización, convertida en globalizada, conduce al abismo y que precisamos cambiar de vía, todas estas nuevas vías deberían poder converger para constituir una gran vía que conduciría más que a una revolución, a una metamorfosis. Pues cuando un sistema no es capaz de tratar sus problemas vitales, o bien se desintegra, o bien produce un metasistema más rico, capaz de tratarlos: se metamorfosea.

La inseparabilidad de la idea del progreso reformador y de una metamorfosis permitiría conciliar la aspiración reformadora y la aspiración revolucionaria. Permitiría la resurrección de la esperanza sin la que ninguna política de salvación es posible.

Ni siquiera estamos al comienzo de la regeneración política. Pero la ecología política podría seducir y animar el comienzo de un comienzo.


Edgar Morin, sociólogo.
Artículo publicado en Le Monde el 13 de junio de 2009.

Traducido al castellano en:
http://www.revistalafactoria.eu/articulo.php?id=470

miércoles, 8 de julio de 2009

MENOS CUENTOS Y MÁS TEORÍA


Andrés Sánchez

La izquierda está en crisis. Lo ha hecho oficial el retroceso electoral de socialistas e izquierdistas en las últimas elecciones al Parlamento Europeo y el escaso número de gobiernos de izquierda entre los 27 (y previsiblemente serán menos). Que, dentro del campo progresista, Los Verdes crezcan, con éxitos especialmente remarcables en Francia y Alemania les parece a aquellos más una anécdota que un factor relevante, y no cambia el cuadro general de crisis de la izquierda.

Pero, como tantas cosas en nuestras vidas, las crisis tampoco son lo que eran. Apenas se ha anunciado y ya tenemos, irreflexiva e inmediatamente, diagnóstico y terapia: el problema es haber aceptado el discurso y los marcos conceptuales de la derecha, por lo que la solución es elaborar un relato nuevo. Que simplifique el complejo mensaje de la izquierda y lo conecte con los valores, las ideas, las emociones o los intereses de la sociedad: un relato para ganar los corazones y las mentes de la gente.

Teniendo en cuenta los antecedentes de fashion victim de la izquierda europea, los vendedores del relato están condenados al éxito: es el concepto de moda, recién importado de EEUU (storytelling), se considera la causa del último éxito de la izquierda global (Obama y su “Yes, we can”), y además, se deja de reflexiones, análisis o teorías y nos pone manos a la obra. ¿Qué más se puede pedir?

¿Qué tal un poco de rigor? ¿Por qué quiere la socialdemocracia hablar con metáforas cuando no puede explicar lo que sucede? ¿Le ofrecen a un mundo en crisis parábolas con moraleja, en lugar de política? ¿Qué tipo de alternativa son cuando los socialdemócratas gobernantes, en España o Gran Bretaña, o co-gobernantes, en Alemania, han sido tan sorprendidos como la pérfida derecha? Y no sorprendidos en cuándo ha estallado la crisis, sino en qué crisis ha estallado: ¿incluían sus análisis la posibilidad de una nueva Gran Depresión?

No hay respuestas a estas preguntas, sino retorno a los orígenes: tras denunciar el flirteo “social-liberal” de la efímera Tercera Vía, reivindican la economía política de la socialdemocracia triunfante (la hegemónica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis de los 70 y la revolución neoconservadora de Thatcher y Reagan)... adaptando el discurso a los nuevos tiempos. Es decir: políticas antiguas, de un mundo que se fue (el sistema de Estados-nación con economía industrial) que se conecta al de hoy con un nuevo relato: el que denuncia la “codicia” del capitalismo, quiere re-regular la economía global y liberar a la economía “real” de la Matrix financiera.

Puede que la receta de “hacer lo de antes y explicarlo de otra manera” no funcione pero, ¿quién puede resistirse a una salida tan cómoda? Esta falta de dramatismo es reconfortante en estos tiempos de optimismo irredento, en los que habrá que buscar un nuevo término para referirnos a las crisis, banalizadas hasta convertirse en “oportunidades” (un buen ejemplo del poder del relato en acción: todo tiene que terminar con el “... y comieron perdices” de cuento). El atractivo de la política del relato es que no es necesario cambiar los fundamentos socialdemócratas, basta con contextualizarlos adecuadamente. Es decir, en un ejercicio de cinismo constructivista, ¿para qué querer cambiar la realidad cuando quizás baste con cambiar la percepción para ganar elecciones?

La cuestión es que no se trata de seguir ganando elecciones mientras el mundo se derrumba, sino de si podremos contar con la política que necesitamos. Y contra los que dicen los vendedores de relatos, el problema no está en que las políticas de la izquierda sean demasiado complejas, sino justo en lo contrario: no lo son lo suficiente.

Veamos, por ejemplo, la globalización. Éste ha sido uno de los caballos de batalla de la izquierda en los últimos años, y la culpable para los socialdemócratas de que sus políticas clásicas dejaran de funcionar. No les falta razón, pero, ¿qué han hecho al respecto?

Hace treinta años, cuando se comenzaron a poner las bases del actual modelo de globalización económica, los socialdemócratas decidieron... hibernar: un letargo teórico acompañado de un cambio (a la baja) en el programa y el relato. Frente al discurso del “gran gobierno” de los años dorados, que hacía nuestras sociedades más igualitarias al tiempo que aumentaban los derechos sociales y se aceleraba el crecimiento económico, se pasó a algo mucho más modesto, empujados por los hechos. Por un lado, abandonaron la “economía política” para defender la separación de poderes entre “economía” y “política”, repartiendo los gananciales (la sanidad y la educación para mí, la fabricación de coches y la distribución de pan para ti). Por el otro, renunciaron a la idea de la sociedad igualitaria para ocuparse de los “excluidos” del sistema: política asistencial que no cuestionaba el modelo económico al tiempo que creaba un público cautivo temoroso de la pertinaz derecha que podría acabar con todo de un plumazo en el boletín oficial.

Ahora, con esta crisis “de derechas” meten las viejas ideas en el microondas y las tratan de hacer encajar en la nueva realidad, proponiendo controlar la globalización creando a nivel planetario los mismos controles que hay en los Estados. Los mismos que en Inglaterra, Holanda o Alemania no han impedido la quiebra de entidades de crédito “nacionales”, o las han salvado por ahora con “¿alguien-sabe-cuántos?” miles de millones de euros de dinero público. Tan sagaces como las autoridades económicas españolas, a las que les ha estallado en las narices un sector tan “global” como el inmobiliario. Si el Superministro Planetario de Economía sabe lo mismo que Gordon Brown, Pedro Solbes o MAFO lo tenemos claro. Reivindicando a Clinton, no es la regulación: ¡es la economía, estúpidos!

El problema es la complejidad: no por exceso, sino por defecto. Pero si algo caracteriza a la socialdemocracia es el pragmatismo. Cuando tocaba retirarse, se blindaron en algunos sectores frente al Mercado, y reclutaron a las víctimas del neoliberalismo, en su calidad de tales (¡ahora se extrañan de que el populismo de extrema derecha, proteccionista, antiglobalizador, xenófobo y victimista les “quite” votos!).

Y si lo que toca es proponer alternativas, pues se sacan las viejas ideas y se adornan con el nuevo relato: la codicia mina los mercados (¿cómo las distinguen del “legítimo derecho a enriquecerse”?); acabar con la economía financiera (¿y de paso restauramos el patrón-oro como reclaman los Chicago Boys?); apoyar la economía “real” (¿tan real como querer producir, consumir y contaminar indefinidamente en un planeta limitado?), y gobernar la economía global (¿tan eficazmente como lo han hecho en las economías estatales?).

Si eso es todo lo que cabe esperar de la socialdemocracia (y de los izquierdistas su tradicional “¡y dos huevos duros!”), más vale intentar otra cosa. Ahí tenemos a los ecologistas. Que podrían estar en condiciones de definir de nuevo el progreso, como el nuevo consenso necesario para no consumirnos entre las crisis económico-ecológicas y la descomposición de la trama social. Y deberían atreverse a definir el proyecto de gobierno con vocación de constituirse en mayoría, la nueva izquierda. Pero eso queda para otra ocasión.

En conclusión: los socialdemócratas harían bien en dejarse de historias, cuentos y relatos, para volver a pensar, para afrontar con honestidad la crisis global. Y con modestia, porque es posible que hayan pasado ya sus 15 minutos (o siglo y pico) de fama. Pero en cualquier caso, con menos cuentos y más teoría. Porque necesitamos políticas que funcionen, no moralejas (ni encíclicas).